Compartir

por Mariano Pacheco, director del Instituto Frattasi*

Nucleados “gremialmente” en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), inscriptos “ideológicamente” en el entorno de la revista Sur –aunque también en los suplementos culturales de los diarios La Nación y La Prensa–, las más prestigiosas plumas de la época se mantuvieron contra el peronismo, incluso en una actitud ferviente y militante, en la mayoría de los casos. Por supuesto, hubo algunas excepciones. Así y todo, cuesta considerar a esos importantes escritores que adhirieron, o que se sintieron parte del “proyecto nacional”, como sus “intelectuales orgánicos” (tal vez sí cabe ese calificativo a Carlos Astrada, pieza clave en el Primer Congreso Nacional de Filosofía, realizado en Mendoza en 1948, donde Perón realizará el cierre pronunciando su conferencia titulada “La comunidad organizada”).

Claro que el enfoque cuantitativo puede dar una mirada optimista sobre el asunto. Así lo hace Ernesto Goldar, en su libro El peronismo en la literatura argentina, cuando menciona unos cincuenta nombres de “intelectuales peronistas” (entre los que se destacan Leopoldo Marechal, Elías Castelnuovo, Homero Manzi, Arturo Jauretche y Juan José Hernández Arregui). Más recientemente, en el libro Con el bombo y la palabra. El peronismo en las letras argentinas. Una historia de odios y lealtades (Planeta, 2014), el poeta, periodista y crítico literario peronista Rodolfo Edwards, acompaña el planteo de Goldar sumando a esa cantidad de nombres la experiencia de la Asociación de Escritores Argentinos (ADEA), una suerte de contra-SADE peronista que, como el propio Edwards cita a través de un discurso de Manuel Alcorbe (poeta, docente y periodista que ocupó el lugar de secretario general del organismo entre 1949 y 1951), la asociación desarrollaba sus actividades “específicas” dentro de un delineamiento “estrictamente gremial”, con “prescindencias” de otras manifestaciones (políticas, quiere decir, aunque no lo aclara) inspirada “en las palabras del Jefe de la Revolución Nacional Justicialista”.

Con un perfil menos “obsecuente”, y liderados por Fermín Rodríguez, otro grupo forma luego la Sociedad de Escritores Argentinos, pero su duración es fugaz. Fundada en 1947 en la planta alta del bar La Helvética (Corrientes y San Martín), la ADEA estuvo afiliada a la CGT, pero tras el golpe de 1955 entró en bancarrota: cuando la Revolución Libertadora  atacó militarmente el local central de la Alianza Libertadora Nacionalista, la sede de la ADEA, que se encontraba al lado, se derrumbó. Con el derrumbe del inmueble devino también el derrumbe organizacional de aquella experiencia.

Este cronista sospecha que fue Juan José Sebreli quien mejor se acercó a la problemática, cuando en su libro Los deseos imaginarios del peronismo pone especial énfasis en destacar que “maestros del pensamiento peronista –Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui– fueron completamente ignorados durante el régimen”. Y repasa el devenir de cada uno de ellos: Scalabrini Ortiz fue “silenciado por la burocracia”; Jauretche tuvo “un papel relativamente secundario –director del Banco Provincia– durante los primeros años, para desaparecer de la escena política con la caída de Mercante. El resto del tiempo lo pasó como un opositor silencioso”; Marechal “fue relegado a un puesto burocrático en el Ministerio de Educación y su novela Adán Buenosayres permanecía desconocida”.

Desde una izquierda no gorila –futura “Nueva Izquierda”–, David Viñas supo señalar que, por esos años, el recuerdo que tiene del peronismo es el del “peronismo cultural”: esos conservadores de la derecha radical que habían sido sus enemigos en la Universidad de Buenos Aires entonces eran la voz oficial del régimen justicialista, recuerda en una entrevista que le realizaron Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, que fue publicada en el N° 13 de la revista Punto de vista, en 1981.

Recordemos que, en 1946, el peronismo interviene las universidades nacionales, y al año siguiente implementa la enseñanza religiosa en las escuelas.

Tal vez haya que rastrear políticas culturales más progresivas en hechos como la creación de la Universidad Obrera Nacional y la Orquesta Sinfónica del Estado (1948), o en la literatura que pudiera circular en las publicaciones partidarias, tanto políticas como sindicales, que en la mayoría de los casos estaban más orientadas a formar conciencia sobre los derechos sociales adquiridos que en entrar en debates estéticos. Como en otros procesos populares, también con el peronismo sucedió que, aunque los trabajadores tuvieran, por ingreso económico, la posibilidad de ingresar a la universidad, no lo hicieran, porque había una barrera cultural y toda una serie de prejuicios mutuos con la institución educativa. De ahí que, más que las universidades, durante el peronismo los laburantes poblaran las escuelas industriales o, en todo caso, la Universidad Tecnológica Nacional.

Incluso Leopoldo Marechal, que fue un literato de prestigio y claramente peronista, no aborda para nada la temática del peronismo en su literatura, al menos en la producida en esos años. Adán Buenosayres, como subrayó David Viñas en una nota publicada en el  N° 3 de la revista Contorno, expresa más la “muerte y culminación” del martinfierrismo que la emergencia del peronismo. Algo similar plantea Noé Jitrik, cuando en el N° 5-6 de la misma revista, en una reseña que le dedica a Adán Buenosayres, plantea que la peculiaridad de la novela es su forma de “ponerse frente al material y frente al lenguaje”. Y si bien es bastante crítico del libro (“después de frecuentar Adán Buenosayres uno termina por sentirse incómodo y decepcionado”), Jitrik destaca que el texto “sorprende” y “atrae”, y que representa un “hecho inusitado para nuestra literatura”. Y lo dice en gran medida para tomar distancia de la reseña que Eduardo González Lanuza había publicado en el N° 169 de la revista Sur, en donde cuestiona a Marechal por “imitar torpemente a Joyce” y lo acusa de aburrir a los lectores con sus juegos imitativos del Ulises.

Por supuesto, Contorno estaba en las antípodas de Sur. De hecho, la revista dirigida por Victoria Ocampo será fuertemente cuestionada desde las páginas contornistas, cuando en el N° 7-8 (dedicado al peronismo), Oscar Masotta escriba un texto específico sobre la aristocrática publicación: “Sur y el antiperonismo colonialista”. Allí, el futuro introductor de Jaques Lacan en Argentina dirá que detrás de la “defensa del espíritu”, pregonada por la revista, se esconde en realidad su intento por querer salvar a las elites “de la irrupción de la masas en la historia” y reprocha a Sur no tener ni una “entrelínea” de reproche, sino más bien justificaciones para la dictadura que, en nombre de la democracia (contra la “tiranía peronista”), ha recortado las libertades y “destruido la unidad sindical argentina”. Contra la revista en general, y contra su directora en particular, y muy cerca de las posiciones teóricas que sostendrá tiempo después en su libro Sexo y traición en Roberto Arlt, Masotta despliega un fuerte arsenal y dispara municiones:

Si ella no está con el proletariado ni por el proletariado ella está de seguro con y por la burguesía: en una sociedad en la que hay víctimas y verdugos, como se ha dicho, no se puede no estar con los primeros sin hacerse cargo de los segundos.

Sarcástico, Massota cuestiona (ridiculiza) los motivos esgrimidos, los argumentos del antiperonismo de los integrantes de Sur:

¿Fealdad? Imagínense: niñez y mistificación: verdaderamente una mezcla horripilante. La tela humilde y almidonada de los guardapolvos blancos pinchada por algún escudo peronista. Según parece, los intelectuales de derecha argentinos, la gente de Sur, puede soportar cualquier cosa menos el recuerdo de la educación peronista: era una grosería. ¿Pero de qué punto de vista se puede hablar de grosería sino desde el asiento de un espíritu casuístico y profundamente burgués que confunde espíritu con buenas costumbres y con cortesía? La razón de mi vida como texto escolar. El perfil de Perón en las escuelas primarias: era el escándalo. Una puta y un aventurero en las aulas argentinas: la ignominia.

De todos modos, hay que destacar que los escritores, en la mayoría de los casos (con excepción de una ínfima minoría adinerada y de perfil aristocrático como la que representa Sur), pertenecían a los sectores medios. Esta pertenencia, políticas reparatorias mediante, los acercaba demasiado a los obreros. De ahí que el obrero se haya transformado, durante la década peronista, en “chivo expiatorio” de la clase media, como tan bien supo señalar otro contornista, Sebreli, cuando  en ese emblemático N° 7-8 de la revista sostenga, en su artículo titulado “Aventura y revolución peronista. Testimonio”, que el “cabecita negra” pasó a ocupar un sitio similar al del judío en las miradas discriminatorias, y remarque asimismo que, más que el oligarca (que habita un mundo de “barrios apartados, de casas herméticas, de automóviles y de boites nocturnas”), el verdadero “antiobrerista”, “anticabecita negra” es el empleado, que debe soportar sus malos olores porque comparte con el proletariado el colectivo y hasta la casa, cuando tiene la suerte de tener una sirvienta que, a falta de mejores condiciones, vive allí pegada a su familia.

Más allá de lo que pudieran pensar de sí mismos, la mayoría de los escritores se parecían más a esos empleados que a los selectos integrantes del staff de la revista Sur.

*extracto del libro «Cabecita Negra»