Compartir


Por Florencia Restucci, Licenciada en Comunicación Social en la Universidad Nacional de
Quilmes y Directora del medio digital El Numeral.


La comunicación es una herramienta que puede ser utilizada para reproducir sentidos o
transformarlos. Cómo comunicar, qué comunicar y cuándo hacerlo es esencial para
repensar los medios que tenemos y que queremos.
Repensar los medios también en el marco del consumo, de las propias elecciones. Un
redactor escribe lo que el director quiere que escriba. El impacto de la noticia se construye a
pesar de la veracidad que, muchas veces, es parcial. Las decisiones editoriales se imponen,
no siempre se debaten. Y la línea que se elija será la identidad del medio.
Saber abordar y conocer la articulación entre las desigualdades sociales y de género es el
puntapié inicial para no recaer, de una u otra forma, en la reproducción de los estereotipos.
¿Qué medios queremos?
En la actualidad, los medios hegemónicos siguen comandados por varones. No es un dato
menor, considerando la gran cantidad de mujeres y disidencias que trabajan la
comunicación desde una perspectiva contracultural, independiente, cooperativas y
autogestivas.
Según el Monitoreo Global de Medios de WACC (World Association for Christian
Communication), en 2015 las mujeres que reportan noticias en el mundo apenas son el
37%. La participación de mujeres y disidencias para repensar los espacios que recorremos
y creemos es esencial, lo que no significa que solucione los problemas comunicacionales
que advertimos a diario.
La violencia simbólica recorre nuestros canales de televisión, se instala en los portales
digitales y dibuja una sonrisa en el sistema patriarcal cuando una sobreviviente de violación
vive una y otra vez la revictimización de su nombre, de sus prácticas y de su cuerpo. Lo que
Bourdieu llama “la violencia más invisible”, es la que en los 50 dibujó a una mujer como ama
de casa y sierva de su pareja. Es la que en los 90 nos empujó al consumo, a las luces
radiantes, a la inseguridad constante. En los 2000, siguió escupiendo a las mujeres, pero
sobre todo a las mujeres pobres.
La transversalidad comenzó a vislumbrar el odio. No hablamos de la violencia por la simple
razón de ser mujer, también hablamos de la violencia por mujer, por pobre, por negra, por
trans. Hablamos de meritocracia, de una meritocracia que nos atraviesa porque se supone,
cada uno tiene lo que merece.
Hablamos de meritocracia, de destino, de construcción del biologicismo para hablar de la
predestinación de la mujer como madre, aunque tengas diez, doce o quince años.
Los casos de violencia simbólica muchas veces se ensamblan con otras violencias, como la
física o la sexual.
Una comunicación con perspectiva de género construye, desde los cimientos, una
comunicación responsable, empática. Que comprende el sufrimiento, el dolor y lo
relata como historia, no como un caso aislado.

Erradicar los eufemismos, el sentido común y el deber ser es la tarea de una o un
comunicador. Imaginemos, violentadas por la justicia, por la sociedad, por la policía, ¿y
también por los medios?
Como sostiene la antropóloga Rita Segato: “En el caso de los feminicidios, de las
agresiones y de las violaciones también hay una deuda pendiente de los medios con la
sociedad. Cuando se informa, se informa para atraer espectadores y por lo tanto se produce
un espectáculo del crimen, y ahí ese crimen se va a promover. Aunque al agresor se lo
muestre como un monstruo, es un monstruo potente y para muchos hombres la posición de
mostrar potencia es una meta”.
Las lógicas patriarcales se replican. La construcción de víctimas que no dijeron que no lo
suficiente. La construcción de victimarios patologizados, caracterizados como monstruos. La
violencia estructural nos atraviesa, nos identifica y muchas veces se naturaliza. Porque sí,
porque así fue siempre.
“El monstruo potente es éticamente criticado, es inmoral, pero a pesar de eso es mostrado
como un protagonista de una historia y un protagonista potente de una historia. Y eso es
convocante para algunos hombres, por eso se repite”, continúa.
Ninguna Melina merece ser recordada por dejar el colegio o señalada por disfrutar de los
boliches, de sus amigos y amigas, o de hacer todo lo que una quiere como adolescente.
Ninguna Ángeles se reduce a su femicida.
Ninguna Lucía era una adolescente sin control que pueda ser revictimizada y violentada por
un supuesto consumo de drogas.
Ninguna niña de diez años nace para madre. Forzarla a parir, a festejar con un babyshower
y reproducirlo en todas partes minimizando un embarazo producto de una violación, es
violencia simbólica. Señalarla y criminalizar una interrupción legal es olvidarse que detrás
de esa panza que comienza a crecer, hay una nena que tiene que dejar de jugar, para criar.
Y ningún relato permanece pasivo, inocente y neutral. La comunicación popular, feminista y
disidente debe instalarse porque otra comunicación es posible.